martes, 17 de julio de 2012

Las cenizas del olvido- Quinto capítulo

CINCO



Marisa siguió sin ponérselo fácil y Antonio, lejos de impacientarse porque no conseguía sus propósitos, se lo tomó con mucha calma. Sabía que aquellos terrenos, que ya gestionaba aunque los beneficios eran depositados en un fondo fiduciario, serían suyos tarde o temprano, y se limitaba a dejar transcurrir los días. A veces mataba las tardes paseando con su pretendida o visitando su biblioteca mientras escuchaba unas conversaciones por parte de los que allí se reunían que no le importaban lo más mínimo pero formaban parte de aquel purgatorio temporal al que le había castigado Adalberto. Cuando la compañía de Marisa y su legión de libros harapientos se le antojaba insoportable, se decantaba por una de las muchas mujeres del pueblo que estaban a su servicio para mantener relaciones íntimas en cualquiera de las cabañas que la familia Poyatos había construido a lo largo de la comarca y que se contaban por decenas, nunca llegué a conocer el número exacto aunque en la mayoría de los casos se trataba de un montón de troncos de madera y una cubierta de paja, sin molestarse en acondicionar una puerta, instalación eléctrica o retrete. La vida era perfecta para él y aquel terreno tampoco era tan importante porque solo le haría más rico de lo que ya era; su intención era mantener las apariencias durante una temporada tras pasar por el altar y cuando estuviera en su poder la escritura de propiedad solicitaría el divorcio por diferencias irreconciliables. Le encantaba aquello de la modernidad, ya que en tiempos de sus abuelos los que se casaban se aguantaban toda la vida y con la nueva democracia se habían ido introduciendo aquellas curiosas denominaciones que le había comentado aquel tipo estirado que ejercía de abogado para los asuntos legales de la familia. Un matrimonio de conveniencia se podía anular sin que intervinieran los fastidiosos curas para poner el grito en el cielo, nunca mejor dicho, y además podía casarse en régimen de separación de bienes con lo cual tras divorciarse ella volvería a quedarse con una mano detrás y otra delante y si le tocaba las narices podía incluso desposeerla de su fabulosa biblioteca ya que en el contrato de explotación de la misma quedaba claramente establecido que el poseedor de los terrenos y el edificio sería él y Marisa constaría como administradora civil sin derecho a reclamar la propiedad legal. La niña se creía muy lista, pero sus abogados lo eran más, por lo que hasta entonces la situación parecía controlada.

La esposa de su hermano Roberto, Lucía, una diplomada universitaria sin pasado conocido que había llegado desde Madrid para hacerse cargo de la enfermería del pueblo y se había casado con él porque le había considerado el único hombre que valía la pena desde el punto de vista intelectual entre aquella manada de asnos del pueblo, se dio cuenta al cabo de unas semanas de que su marido no salía airoso de sus intentos de mantener la pasión del matrimonio. El quinto de los hermanos Poyatos, que no destacaba en nada de lo que hacía y por ello su padre se había limitado a establecer en su testamento una renta fija mensual para él sin ninguna responsabilidad en sus fábricas ante la escasa valía de su vástago que le había llevado a fracasar en todas las empresas que había iniciado, descubría al mismo tiempo que su mujer intentaba que funcionara en el lecho, que le gustaban los hombres. Llevaba unos pocos años considerando aquella posibilidad; Roberto era la perfecta combinación de hombre atractivo y sensible que volvía locas a las mujeres de la zona pero se había dado cuenta de que no nacían sentimientos de amor hacia ninguna de ellas, y sin embargo en más de una ocasión se había sorprendido a sí mismo observando el trasero de un hombre durante un guateque. No tardó mucho en salir del armario, como dicen los jóvenes, tras una serie de charlas y correspondencia con un antiguo compañero de estudios en Cáceres al que le había sucedido lo mismo y por ello mantenían una estrecha amistad que con el paso de los años, las confidencias y la complicidad entre ambos dio paso a una relación sentimental que aún hoy en día debe permanecer oculta a los ojos de sus vecinos, porque los tiempos modernos no llegan a todas partes y la liberación sexual de los años ochenta ni se acercó a nuestro pueblo. Roberto tuvo que admitir, ante las muestras de indignación de su esposa, que llegaba a gritarle en el lecho por su incompetencia alarmando así al servicio que se despertaba y corría para atender a sus jefes, que no le tocaba un pelo del cuerpo porque era incapaz de sentir atracción física por una mujer después de haberlo intentado con unas cuantas en la capital durante su breve etapa universitaria y con ella misma, y ante los nulos resultados conseguidos había llegado a la conclusión de que, tras consultarlo con su compañero de correspondencia y consumar diversas tardes de caricias y juegos íntimos con un amigo suyo que le había enseñado el arte del amor entre dos hombres, sus deseos y sus satisfacciones procedían de las personas de su mismo sexo. Roberto Poyatos no era más que una víctima de sus propias inclinaciones y de eso no tenía la culpa, aunque sí era dueño de sus fracasos y de haber permitido que aquella mujer que decía haber llegado de Madrid como podía haber escapado de prisión para refugiarse en el pueblo sin que nadie se enterara y en cuanto le había conocido no había vacilado en pedirle relaciones, le convenciera para que se casaran cuando unos años atrás él ya intuía que sus reacciones ante la presencia de las mujeres del pueblo significaban algo más de lo que en aquel momento estaba dispuesto a admitir y asumir. Lucía se puso hecha una furia ante la confesión de su marido y llegó a considerar la solicitud de divorcio y traslado a otro lugar de España para empezar de cero, pero Roberto Poyatos era un hombre que despertaba la compasión de aquellos que le conocían en profundidad y su esposa tampoco era un trigo que brillara por su limpieza, así que a partir de aquel momento se consideró en plena libertad de hacer lo que le viniera en gana y si Roberto no satisfacía sus necesidades íntimas, encontraría a otro que lo hiciera. Ella era una mujer de bandera que disparaba la temperatura de los adolescentes del pueblo cuando les auscultaba palpándoles a lo largo del pecho o les subía la manga de la camisa para sacarles sangre y sin duda haría lo propio con cualquier hombre que se cruzara en su camino y que le apeteciera probar. Guardaría celosamente el secreto de su marido y se dedicaría a disfrutar de la vida como mejor se le ocurriera. Un pacto de caballeros que no se rompió hasta la muerte de la enfermera.

Y en medio de ese descubrimiento apareció el enorme y viril Antonio para darle a su cuñada lo que su marido era incapaz de ofrecerle. Tras conocer la triste realidad de su matrimonio, Lucía no tardó en fijarse en aquella fuerza de la naturaleza cuya sola cercanía aterrorizaba a su esposo, y durante una visita rutinaria de su cuñado para someterse a una revisión anual de sangre y orina, se desabrochó un par de botones de su uniforme con la esperanza de que aquel toro de lidia, de quien tenía entendido que no se molestaba en mantener las apariencias, echara un vistazo en su interior. El mayor de los Poyatos se tomó aquel descarado acto de Lucía como lo que era, una invitación para profanar su cuerpo, y ambos debieron acabar la revisión amancebándose salvajemente sobre la mesa camilla de la enfermería del pueblo con el pestillo de la puerta de entrada convenientemente bloqueado.

Antonio y Lucía se convirtieron en amantes habituales, diarios y con frecuencia nocturnos sin apenas disimular y a menudo Lucía ordenaba a su marido que cogiera el coche y desapareciera en dirección a Cáceres para pasar la noche con su compañero. Ante su sorpresa y el constante temor que le provocaba la aparición de su hermano mayor que le trataba como a un cubo de la basura que se vaciaba a patadas en mitad de un cenagal porque se olía el pescado desde hacía muchos años y los hombres que no respetan a las mujeres tampoco suelen respetar a los homosexuales, ella le contestaba siempre con la misma frase: “Ya tienes lo que querías. Ahora déjame a mí tener lo que quiero”, y ante aquella observación irrefutable, el quinto de los Poyatos emprendía con alivio dirección a la capital mientras su esposa se revolcaba con la mula de su hermano mayor en el lecho que ambos compartían, es un decir, dando rienda suelta a sus pasiones y morbos insatisfechos durante los anteriores años de matrimonio con Roberto en los que podía contar con los dedos de una mano los momentos en los que había llegado al clímax sexual, y más por su propio empeño en conseguirlo que por el buen hacer de su marido. No era el único matrimonio que padecía aquella situación, pero cuando el dinero entra por la puerta el amor sale por la ventana y algunas mujeres de la villa casadas con hombres por conveniencia de éstos, se limitaban a soportar estoicamente una situación indeseada pero que al menos les confería estabilidad económica. Pero a Lucía Poyatos no le importaba tener más o menos duros guardados en el banco, su diploma universitario le facilitaba trabajar en cualquier parte, y si en aquel momento de su vida no le apetecía hacer las maletas de nuevo, encontraría la solución ideal para sus problemas de insatisfacción marital. Y su formidable cuñado parecía ser la respuesta a todos los interrogantes.

La aventura ilícita de Lucía y Antonio se prolongó por el tiempo de tal manera que el hombre armario llegó a olvidarse durante una temporada de la dulce e ingenua Marisa, cuyo valor descendió conforme su cuñada le proporcionaba a diario el placer al que otras mujeres de los alrededores, menos cultivadas y desarrolladas que ella, ni se acercaban aunque pusieran todo su empeño. Poyatos no quería compromisos, su amante era una auténtica leona salvaje en la cama, gustosa de juegos de fetiches y dominación y le había convertido en su esclavo particular, algo insólito para un hombre como él, acostumbrado a que todo el mundo besara el suelo que pisaba al caminar o en el peor de los casos se apartara. Pero los cuñados no solo se dedicaban al sexo en sus largas tardes y noches de gimnasia erótica; también hablaban de cómo transcurría la vida en el pueblo y en uno de los descansos entre las ruidosas quejas de los listones de madera crujiendo por el exceso de peso, Antonio le había explicado cuál era la situación con el testamento de su padre, la presencia de Marisa y sus planes a largo plazo con los negocios familiares de los que, a menudo, le pedía consejo aprovechando su formación universitaria y para no llamar a la puerta del estudiante día tras día porque aunque le invitaba a cervezas cuando le veía, solo le aguantaba con unas copas de más y no confiaba en él para que le diera un repaso a la contabilidad que le llevaban desde Cáceres y además era consciente de que el universitario había ejercido de mentor de su pretendida desde muy joven, por lo que le consideraba el enemigo en casa. La enfermera apenas había reparado en la existencia de la joven, a la que había visto por el pueblo en media docena de ocasiones aunque pasaba por delante de la biblioteca cada día pero nunca le había dado por entrar y contemplar sus modestas instalaciones; vista una, vistas todas, como las películas de tres rombos, y le había parecido otro ser insignificante en un pueblo lleno de seres insignificantes. Pero cuando Antonio le explicó las condiciones de la herencia, le exigió que volviera a la carga con Marisa. Se trataba de muchas hectáreas de terreno cuajado de valiosos pinos y robles y más de diez mil cabezas de ganado, la partida más numerosa de la provincia, que le permitía obtener carne, leche, sementales y crías que le reportaban cuantiosos beneficios en las ferias de ganado, y el precio a pagar consistía en casarse con una mujer que, según las palabras de Poyatos, sería su esclava sumisa toda la vida y no les plantearía ningún problema para continuar con su adúltera relación. Él solo tendría que cumplir con su esposa una vez a la semana, porque el conseguir descendencia no formaba parte de la última voluntad de Adalberto Poyatos en lo que yo siempre consideré un descuido por su parte ya que casarse con ella no le resultaría demasiado difícil, pero que mi adorada Marisa pariera a un Poyatos era harina de otro costal. La enfermera tampoco pensaba tener hijos, sentía auténtico pavor a la aparición de estrías o cualquier otra deformación de su cuerpo y era una apasionada del espejo cada vez que se arreglaba para salir, pero tampoco quiso que su amante los tuviera con la que estaba predestinada a ser su mujer y así se lo hizo saber. Antonio la tranquilizó diciéndole que sería difícil tener descendencia con una cría a la que siempre había considerado una estrecha y por la que no sentía el menor deseo sexual y que ya había algún que otro vástago suyo por el pueblo y más de uno en camino, por lo que el hecho de tener hijos legítimos no le preocupaba y solo se casaría con aquella niña rara porque su padre así lo había exigido para que pudiera poner sus enormes manos sobre aquella suma de millones que le esperaba. Finalmente y tras muchos debates entre coito y coito, Lucía autorizó a Antonio, y creo que describo la situación exacta que se produjo según la servidumbre que con gran riesgo y escasa catadura moral se dedicaba a escucharles tras la puerta de la alcoba, a casarse con Marisa siguiendo los pasos que él creyera convenientes para conseguirlo porque se había preocupado de averiguar lo suficiente sobre aquella niñita para saber que no tenía ninguna intención de casarse con él ni con otra persona de aquel pueblo. Ella era uno de esos pájaros cuyas plumas son tan bellas que no pueden ser enjaulados y disfrutaba de su libertad sin preocuparse por lo que pensaran los demás. La muchacha vivía su vida sin reparar en ello, como una excepción en aquel lugar en el que todo el mundo actuaba pensando en cómo reaccionarían sus vecinos y las miradas fugaces estaban a la orden del día, una jaula de personas cuyas existencias parecían predestinadas antes incluso de nacer y de la que aquella Marisa Casares y ella misma no formaban parte y se complacían de su libertad al margen del rebaño.

Su cuñada era una mujer posesiva y de armas tomar, pero no podía quedarse embarazada del hombre del que estaba realmente enamorada porque era imposible que Roberto la fecundara. Había llegado a plantearse la posibilidad de concebir por medios artificiales recurriendo a las clínicas más prestigiosas de Madrid, pero algunos conocidos de la facultad le habían comentado que el proceso resultaba todavía relativamente nuevo en España y lo que era peor, prematuro y con una tasa de éxito muy lejana a sus necesidades. Además, tarde o temprano alguien se habría enterado de los viajes a Madrid con su marido y no estaba dispuesta a tolerar preguntas al respecto por parte de unos familiares que tergiversarían algo tan sencillo como una fecundación in vitro hasta convertirla en un hecho monstruoso que no comprenderían nunca y que la desterraría de la familia y del pueblo, además de provocar otros interrogantes que no tardarían en desembocar en la revelación de la identidad sexual de su marido.

Antonio no era más que una simple distracción que satisfacía todos sus caprichos a pesar de ser el dueño del pueblo, que además debía mantener oculta porque en aquel infecto agujero del sur de España todo se sabía aunque al mismo tiempo todo se callaba excepto en algunas ocasiones en las que las escopetas de perdigones saldaban una disputa entre dos clanes pero aquello parecía una reliquia del pasado con clara tendencia a desaparecer. A Lucía no le gustaba que la presencia de aquella hija de un capataz de ganado y una aldeana emigrante de otro agujero todavía más infecto rigiera sin saberlo el destino de su amante. Ya que no podía evitar el desenlace final, impondría sus condiciones para que aquella niñata gafosa y displicente en su trato fuera tan infeliz como lo era ella, ya que era de sobras conocido en el pueblo que la rarita quería tener hijos y darles una educación que en aquellos años de la transición empezaba a generalizarse y de la que también fueron partícipes los chavales del lugar en edad de coger un libro y no una azada. El comportamiento de una sociedad tarda varias generaciones en cambiar de peras a manzanas, pero las décadas de los ochenta y los noventa imponían un nuevo ritmo de vida y de pensamiento que todos, hasta los habitantes de un pueblo perdido en el interior de la provincia de Cáceres, debían asumir y hacer suyo. La enfermera percibía que aquella placentera existencia manejando la voluntad del hombre más poderoso en veinte kilómetros a la redonda no se mantendría por muchos años, pero estaba convencida de que sabría manejar la situación y el hecho inevitable de que se produjera el matrimonio entre Antonio y Lucía no alteraría sus planes. El tiempo se encargó de demostrarle cuánto se equivocaba.

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